Olhao, Faro y Silves por De Euskadiz al mundo.

El Algarve, no son solo playas. Es cierto que tiene una costa privilegiada, y que yo soy la primera que admira sus cristalinas aguas, arena limpia, y sobre todo con gente civilizada que no grita, y que por lo general no va cargada hasta arriba con tuppers. Pero esas playas, las veremos en el próximo capitulo de Portugal, porque en este capitulo no vamos a pisar la arena.

Lo primero que hay que tener en cuenta para ir a Portugal, es que no es necesario coger la autopista. Es decir, claro que es más rápido y la carretera es mejor, pero que no os metan miedo con que hay que pagar antes de meterte en la autopista porque te pueden multar, ni tonterias de estas que he escuchado, porque la N125 recorre perfectamente todo el Algarve. Además, yo que soy muy fan de todas las carreteras nacionales, os diré que es una carretera con encanto. ¡Qué mejor manera que ver un pais viendo sus pueblos! Y si uno te parece interesante, te paras. Si te apetece un café de esos riquíiiisimos que hacen en Portugal, te paras. Y si te quieres comer una bolinha o una bifana (se me hace la boca agua nada mas pensarlo), te paras.

El caso, que nosotros en nuestra ruta elegimos Olhao. La verdad que elegimos este pueblo porque por lo que estuvimos leyendo (que fué bastante) era un pueblo poco turístico pero con encanto, y allá que fuimos. Tengo que decir que con lo de no turistico no es cierto del todo, porque si que tiene una ría donde el puerto está lleno de turistas que quieren coger el barquito para irse a bañar a la isla de enfrente (tipo Tavira)… Pero si que es verdad que por sus calles, el ambiente es bastante autóctono. Quitando toda la zona del paseo marítimo que está claramente enfocada para los turistas con sus bares y tiendecillas internacionales (me sorprendió que vi un restaurante indú), lo que es pasear por el pueblo es algo completamente portugués. Creo que son pocos los turistas que se atreven a dar un paseo bajo el fuerte sol.

El caso es que Olhao es un pueblecito con muchas casas con distintos azulejos, de casitas bajas… Muy muy fotografiable y para pasear. Me gustó también especialmente el laberinto de casas que hay en otro de sus barrios, que contrasta bastante con este que comento de los azulejos, porque es completamente blanco, con algunos detalles de colores. A los portugueses les gusta mucho el azul y el amarillo en sus casas, son bastante alegres.

La suerte que tuvimos en Olhao, fue que queríamos grabar en la azotea de un edificio para poder explicar cómo es la ciudad, su cercanía con la ría… Y nos paramos en el portal de un bonito edificio del paseo marítimo, y se acercó una pareja de ancianos (él venía del médico, como herido) y le preguntamos si podíamos grabar arriba. Ella nos dijo que sí, y subimos. Lo que no entendíamos (por el idioma) es que ellos eran tremendamente confiados (después me dió miedo que lo fueran porque nosotros somos buenas personas, pero ¿y si se toparan con malas personas?) y nos abrieron las puertas de su casa. Nos sentimos totalmente en «callejeros viajeros», porque la señora, que creía que lo que queríamos era ver su casa, nos hizo una ruta por todas las habitaciones. Con un cariño inmenso, nos explicó que era de Angola, y que se le había muerto un hijo. Tenía muchas habitaciones, pero nos decía que recibía a su familia a menudo. La señora, era una artista. Lo pintaba todo. El cabecero de su cama, la tabla de cortar el pan, hacía cuadros… Además de ser autodidacta, era bastante innovadora, ya que empleaba distintos materiales. No nos pudo sorprender mas. Sin duda, el tesoro que nos llevamos de Olhao, es a esta pareja tan encantadora. Por cierto, podéis conocerlo aquí si queréis:

De ahí nos fuimos a Faro, donde tengo que decir… Funciona fatal la oficina de turismo. No sé si es por el tema del idioma, porque ese día la chica tenía un mal día, o simplemente no tenía ganas de explicarnos nada, pero nos ventiló con un mapa en un minuto, y la verdad que nos quedamos igual que antes de hablar con ella.

La catedral de Faro tenía muchísimo encanto, porque demostraba cómo había afectado el terremoto. Es muy fuerte que a día de hoy se siga diciendo que es el terremoto de Lisboa el que afectó a esta catedral de Faro, cuando se produjo en Faro. Aún no nos hemos enterado el por qué de llamarlo como la capital portuguesa en vez de como donde sucedió.

Luego, seguimos en nuestra ruta hacia Faro. La verdad es que en esta ciudad se nota bastante el trasiego de los turistas, porque tiene aeropuerto con vuelos low cost. Yo misma he cogido un avión a Faro cuando lo que quería era llegar a Sevilla, porque ir a Portugal era mucho mas barato.  No os podéis perder ir a la capilla de los huesos. De verdad que es un sitio que me impresionó bastante. No me puedo creer que cogieran los huesos de dos mil personas y se dedicaran a hacer una capilla. ¿Con qué fin? ¿De verdad que no había barro o piedras? Desagradable al máximo, pero reconozco que por un euro que cuesta la entrada, merece mucho la pena. Por cierto, en la catedral de Faro, hay como una especie de patio, y en el patio hay una capilla también de huesos al aire libre. Extraña costumbre esta de hacer capillas de huesos que hay en Faro.

Seguimos nuestro camino hacia Silves. Es lo mas interior que hemos estado, y desde bastante lejos se ve su imponente castillo. Su castillo, y todo el camino donde se ven naranjos. Deben ser grandes productores, porque desde luego el pueblo está lleno. Dicen que si vas a Silves hay que ver tres cosas: La catedral, el castillo y la marisquería Rui. Y eso hicimos. Allí conocimos a Sergio, un portugués super agradable que hablaba un casi perfecto español que se sentó incluso con nosotros a cenar, y que nos hizo sentir como en casa. Qué cosa mas rica su cataplana, si estáis por la zona no os la podéis perder. Además la cocina portuguesa a diferencia de la italiana por ejemplo, es de las que no engorda…. Uuuummm deseando volver.

 

 

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