Me encanta despedirme de las ciudades.

  • Quería contar una extraña afición que tengo. Lo normal es que te guste viajar, o incluso vivir en sitios diferentes. Cualquiera que me conozca pensará que me gusta lo uno u lo otro, y la verdad es que no se equivoca, pero pensando sobre esto ahora que me vuelvo a cambiar de ciudad, reconozco lo que mas me gusta: Despedirme de las ciudades.

Es como si pudiera exprimir mis mejores sentimientos de la ciudad en una semana. Normalmente tampoco soy sadomasoquista, y no estoy diciéndome a mí misma todo lo que no voy a tener un mes antes, si no que lo disfruto todo muchísimo una semana antes. Me he dado cuenta que me pasa siempre. Paseo por las calles de manera dramática como si fuese la última vez por Gran Vía de Madrid, como si fuese la última vez. Y sé perfectamente que voy a volver de visita. Si me paro a pensar en todas las ciudades en las que he vivido recuerdo haberlo hecho siempre. Es como si quisiera guardar en mi retina sensaciones. Eso sí. Robo sensaciones, las saboreo intensamente para no olvidarlas. Soy muy despistada, se me olvida casi todo, pero las sensaciones no se me olvidan.

Cuando hablo de sensaciones, se me viene a la mente por ejemplo ahora uno de mis últimos paseos en Edimburgo, donde estuve viviendo siete meses. Recuerdo ir por Lothian street y pedirme ese mars fried que era una bomba para el estómago y que me sentaba fatal. Exactamente era una chocolatina mars rebozada, pero para mí ese sitio era especial en Edimburgo, y tenía que recordar el sabor a gofre de su rebozado, y el chocolate y el caramelo manchandome toda la cara. Sencillamente era necesario. Como también lo era pararme en todas mis charities preferidas (tiendas de caridad donde venden cosas de segunda mano para recaudar dinero) simplemente para ver lo que vendían como si estuviese en un museo, porque jamás me compraba nada. Me acuerdo de la última vez que fui a mi bar preferido, que era mi preferido porque los jueves la pinta costaba 1,75 libras y había música en directo.

En Sevilla también disfruté de mis tapitas. Solo de las preferidas, de las que no me canso de repetir. Me di un paseo por el centro, y recuerdo que fui por la zona de catedral a perderme entre sus callejuelas. Me encanta el centro de Sevilla. Me pasearía horas dando vueltas por el centro.

Y eso es lo que me está pasando esta semana en Madrid. Me apetece ir a sitios donde no haya ido nunca y también volver a los que me gustan. No sé porque hago esto. Es como si tuviera que impregnarme de la ciudad para poder dejarla. Como si tuviera incluso que hartarme de ella, para poder echarla de menos, o al menos para poder querer volver. Necesito ir a Gran Vía a agobiarme por el calor y la cantidad de turistas que estan de rebajas, necesito ver a los vagabundos tirados en las calles (no estoy para nada acostumbrada y me parece una situación aterradora que afortunadamente no deja de sorprenderme), de ver al limpiabotas, de ver gente curiosa por la calle, modernos, sitios veganos y edificios enormes. Me sigo siento pueblerina cuando estoy en Madrid, pero una pueblerina feliz. En Madrid nunca me he sentido fuera de lugar. Es una ciudad que no se sorprende por tu acento, ni por tu forma de ser, así que eso la hace mucho mas cercana a pesar de su inmensidad.

Tenía ganas de expresar, esto, así que con vuestro permiso… Aún me quedan dos días para despedirme a fondo de Madrid. Qué placer.

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